El arco iris

El arco iris

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No le interesaba la idea que tenía de sí mismo o de Anna, y ¡ay, cuánto le fastidiaba esto a ella! Will no prestaba atención al sermón, no prestaba atención a la grandeza de la humanidad, no reconocía la importancia inmediata de la humanidad. No se interesaba por sí mismo como ser humano. Ni su vida de dibujante ni su vida entre los hombres tenían para él una importancia vital. Todas estas cosas eran una mera nota al margen del texto. La verdad residía en su vínculo con Anna y en su vínculo con la Iglesia, su verdadero yo residía en su oscura experiencia emocional de lo Infinito, de lo Absoluto. Sus sentimientos por la Iglesia estaban en las grandes y misteriosas mayúsculas iluminadas en el texto.

A Anna la desquiciaba sin medida. Ella no era capaz de encontrar en la Iglesia la misma satisfacción que él. La idea que tenía de su alma estaba intrínsecamente unida a la idea de su propio ser. De hecho, su alma y su propio ser eran lo mismo para ella. Will, por el contrario, simplemente parecía ajeno a la existencia de su propio ser, casi hasta el punto de negarlo. Tenía un espíritu: un espíritu oscuro e inhumano al que nada interesaba la humanidad. Así lo imaginaba Anna. Y en la penumbra y el misterio de la iglesia, el alma de Will vivía y corría en libertad, como una extraña criatura subterránea, abstraído.


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