El arco iris

El arco iris

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Will le parecía muy extraño a Anna, y, cuando se imbuía de este espíritu eclesiástico, cuando se concebía a sí mismo como un alma, parecía que huía de ella para correr en libertad. En cierto modo, Anna envidiaba esa oscura libertad y ese júbilo del alma, ese ser desconocido que había en su marido. Lo encontraba fascinante. Después lo odiaba. Y después despreciaba a Will y quería destruir esta parte de él.

Aquella mañana de nieve, viéndolo a su lado, con una expresión entre luminosa y oscura, ajeno a ella, tuvo la sensación de que Will trasladaba a recónditos y secretos lugares su amor por ella. Con una expresión embelesada y misteriosa, casi de placer, su marido no apartaba la vista de una pequeña vidriera. Anna se fijó en el cristal de color rubí, velado por la sombra en la parte inferior, donde se amontonaba la nieve, y en la imagen amarilla y familiar del cordero que sostenía el pendón, ligeramente oscurecido ahora, pero dotado de una extraña luminosidad en el recinto opaco de la iglesia, vivo.






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