El arco iris
El arco iris Lo que más le gustaba de todo era el texto incomprensible, en alemán. PreferÃa las cosas que no entendÃa con la inteligencia. Le fascinaba lo desconocido y lo incognoscible. Estudió minuciosamente las imágenes. ¡Eran esculturas de madera! Holz… CreÃa que esta palabra significaba madera. ¡Esculturas de madera para modelar su espÃritu! Un millón de veces se llenó de gozo. ¡Qué desconocido era el mundo, cómo se revelaba para su espÃritu! ¡Qué magnÃfica y apasionante era su vida, al alcance de su mano! Se adueñaba del mundo a través de la catedral de Bamberg. Y celebró su fuerza victoriosa, su vida y su verdad, abrazando las inmensas riquezas que estaba heredando.
Sin embargo, era hora de volver a casa. TenÃa que coger el tren. SentÃa un dolor constante en lo más hondo de su ser, pero precisamente porque era constante, podÃa olvidarse de él. Cogió un tren a Ilkelston.
Eran las diez cuando subÃa la cuesta de Cossethay, renqueando con su ejemplar de la catedral de Bamberg. Hasta entonces no habÃa pensado en Anna, al menos no con claridad. El dedo oscuro que presionaba la herida lo dominaba irreflexivamente.