El arco iris

El arco iris

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A pesar de todo, sintió un estremecimiento de temor. Y ¿si él la abandonaba? Eso la destrozaría. Nunca sabía a qué atenerse con Will. No le gustaba que fuera tan inseguro, tan inestable. Y ¿si la abandonaba? Siguió sentada, conjurando miedos y sufrimiento, hasta que rompió a llorar con verdadera lástima de sí misma. No sabía qué hacer si su marido la abandonaba, o si se volvía contra ella. Solo de pensarlo le daban escalofríos, se sentía desamparada y se volvía insensible. Y contra él, el desconocido, el extraño que querría arrogarse la autoridad, resistió firmemente atrincherada. ¿No era ella la misma de siempre? ¿Cómo podía alguien que no era de su especie abusar de la autoridad? Se sabía inmutable, inalterable, no se temía a sí misma. Solamente temía lo que no fuera ella. Todo aquel mundo inmenso, estruendoso y extraño, que no era ella misma, se agolpó, se acercó y se adentró en Anna, cobrando la forma de su marido. Y Will disponía de un buen arsenal, podía atacar desde numerosos flancos.

Cuando llegó a la puerta, Will se inflamó de compasión y de ternura, al verla tan perdida, abandonada y joven. Anna lo miró, temerosa. Y le sorprendió ver a su marido tan radiante, sus movimientos limpios y hermosos, como si se hubiera aclarado. Y sintió un doloroso estremecimiento de temor, y de vergüenza de sí misma.

Cada uno esperaba que fuera el otro el primero en hablar.


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