El arco iris
El arco iris Anna podía ser muy feliz. Y quería ser feliz. Se disgustaba mucho cuando su marido le hacía sufrir. En esos momentos era capaz de matarlo y desterrarlo. Muchos días, Anna anhelaba la hora en que Will se iba a trabajar. Entonces, la corriente de su vida, que él represaba como un dique, se desbordaba, y Anna se sentía libre. Libre y colmada de placer. Todo la deleitaba. Cogía la alfombra y salía al jardín a sacudirla. Los campos estaban cubiertos por parches de nieve, el aire era ligero. Oía graznar a los patos en el estanque, los veía zambullirse y navegar como si zarparan para invadir el mundo. Observaba los recios caballos, uno de ellos con la panza trasquilada, como si llevara un chaleco y unas medias de pelaje marrón, los veía besarse en la mañana ventosa junto al muro del cementerio. Todo le parecía delicioso, ahora que Will no estaba, al desaparecer su presencia aislante y entorpecedora, el mundo era enteramente suyo, establecía un vínculo con ella.
Se sentía activa y alegre. Nada le gustaba tanto como tender la ropa cuando el viento embestía con toda su potencia desde la cima redondeada del monte, arrancándole de las manos las prendas húmedas y haciendo aletear las que ya había colgado. Se reía, forcejeaba y se enfadaba. Pero disfrutaba de sus días solitarios.