El arco iris

El arco iris

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Cuando Will volvía a casa por la noche, Anna fruncía el ceño, impelida por alguna de sus interminables disputas. Lo veía en el umbral, y su estado de ánimo cambiaba al instante. Se volvía de acero. La risa y el entusiasmo del día la abandonaban. Se agarrotaba.

Libraban una batalla desconocida, inconsciente. A pesar de todo, estaban enamorados, conservaban la pasión. Pero la pasión se consumía en la batalla. Y el combate, hondo, encarnizado, sin nombre, seguía su curso. Todo su entorno irradiaba un intenso resplandor, el mundo se había despojado de sus vestiduras y presentaba su desnudez aterradora, flamante, primordial.

Llegaba el domingo, y Will ejercía su extraño hechizo sobre Anna. A ella en parte le encantaba. Empezaba a parecerse más a él. Los demás días de la semana, había un fulgor en el cielo y en los campos, la iglesia parecía susurrar sin pausa a las casitas a lo largo de la mañana. Los domingos, sin embargo, cuando Will se quedaba en casa, una penumbra tensa, de vivos colores, parecía velar la faz de la tierra, la iglesia parecía velarse de sombra, ensancharse, se transformaba para Anna en un universo, encendido de fulgor azul y rubí, vibrante de veneración. Y, cuando se abrían las puertas de la iglesia y Anna salía al mundo exterior, era un mundo recién creado, y se adentraba en la resurrección del mundo, su corazón latía al recordar la oscuridad y la Pasión.


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