El arco iris

El arco iris

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Si, como hacían a menudo los domingos, iban a tomar el té a la granja Marsh, Anna recuperaba un mundo más liviano, un mundo que jamás había conocido la penumbra, las vidrieras y el éxtasis de los cánticos. Su marido se borraba, y Anna volvía a estar con su padre, que era todo frescor y libertad, todo luz del día. William, con su intensidad y su oscuridad, se borraba por completo. Anna lo abandonaba, lo olvidaba, se entregaba a su padre.

Sin embargo, cuando volvía a casa con su marido, lo cogía del brazo con cierto recelo, ligeramente avergonzada, suplicando con su mano que no se rebelara contra ella, que no la rechazara. Pero él estaba confuso. Parecía ciego, como si no estuviera a su lado.

Anna se asustaba entonces. Lo quería. Cuando Will se mostraba ajeno a ella, casi llegaba a enloquecer de pánico. A tal extremo se había vuelto vulnerable y se sentía indefensa. Estaba íntimamente unida a él. Todo se había vuelto íntimo para Anna, todo lo conocía y todo era para ella cercano y hermoso, como presencias acechantes. Y ¿si todas estas cosas se volvieran de nuevo duras y distantes, si se alejaran de ella, hostiles y diferenciadas, y así, después de haberlas conocido, se viera privada de ellas?


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