El arco iris
El arco iris Esta idea la asustaba. Su marido era siempre el misterio al que ella se entregaba. Se sentía como una flor tentada a florecer, sin escapatoria posible. Su desnudez estaba en poder de Will. Y ¿quién era él, qué era él? Un elemento ciego, una fuerza ciega, sin conocimiento. Anna necesitaba protegerse.
Luego, Will volvía a estar presente para Anna, y ella se tranquilizaba temporalmente. Sin embargo, con el paso del tiempo, comprendió con creciente claridad que él no iba a cambiar, que era un ser oscuro, un extraño para ella. Había creído que Will era su vivo reflejo. Con el paso de las semanas y los meses, comprendió que era una fuerza oscura y antagónica, que eran opuestos, no complementarios.
Él no cambió, persistió en su aislamiento, como si esperara que ella formara parte de él, que fuera una extensión de su voluntad. Anna era consciente de los intentos de Will por ganar poder sobre ella, sin conocerla. ¿Qué quería? ¿Se proponía intimidarla?
¿Qué quería ella? Se respondió que quería ser feliz, ser natural, como la luz del sol y el día atareado. Y, en lo más hondo, quería ser oscura, antinatural. A veces, cuando Will parecía la misma oscuridad que la envolvía y asfixiaba, Anna casi se rebelaba de terror, y lo atacaba. Lo atacaba y lo hacía sangrar, y él se volvía perverso, necesitaba destruirla. Y se enzarzaban en un combate cruento.