El arco iris
El arco iris Anna empezaba a temblar. Él intentaba imponerse. Y ella se estremecía. Quería abandonarlo, dejarlo como una presa a la intemperie, para que los impuros perros de la oscuridad lo devorasen. Will tenía que derrotarla y forzarla a quedarse con él. Y ella luchaba por seguir siendo libre.
Seguían sus caminos separados, ensombrecidos y ensangrentados, con la sensación de que el mundo se encontraba muy lejos, incapaz de ofrecer ayuda. Hasta que ella empezó a hartarse. A partir de cierto momento, se volvió impasible, se alejó completamente de su marido. Will siempre estaba dispuesto a descargar su rabia asesina contra Anna. Ella se levantaba anímicamente y lo abandonaba, seguía su propio camino. De todos modos, a pesar de aquella despreocupación aparente, que colmaba de negrura y antagonismo el espíritu de Will, Anna temblaba como si se estuviera desangrando.
Y, una vez más, el amor puro regresaba como los rayos del sol, y en esos momentos Anna era para Will como una flor abierta a la luz, tan hermosa, tan radiante, tan profundamente amada que a duras penas podía resistirlo. En esos momentos, como si su espíritu contara con seis alas de dicha, se quedaba absorto, en actitud de devoción, con la sensación de que el resplandor del Todopoderoso latía en su pecho, envolviéndolo en una enhiesta llama de alabanza en la que palpitaba el pulso de la creación.