El arco iris
El arco iris ¿Creía él que el agua se convirtió en vino en Caná? Ella lo llevaba al terreno de los hechos históricos: toda esa agua de lluvia, fíjate, ¿puede convertirse en mosto, en vino? Por un instante, Will conseguía ver con los ojos claros de la inteligencia y decía que no, su mente lúcida respondía momentáneamente a la explicación de Anna, apartando cualquier otra idea. Al instante, su espíritu se rebelaba de furia, y el odio empezaba a gestarse ante esta violación de su ser. Para él era cierto. Su inteligencia volvía a extinguirse inmediatamente, su sangre ganaba la partida. En su sangre y en sus huesos, anhelaba la escena de las bodas, el agua que, al derramarse de los cántaros, se transformaba en vino tinto. Y Cristo le decía a Su madre: «¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha llegado mi hora». Y luego: «Su madre dijo a los que servían: “Haced todo lo que os dijere”».
A Will le encantaba este pasaje, lo sentía en los huesos y en la sangre, le fascinaba, no podía olvidarlo. Pero Anna lo forzaba a olvidarlo. No soportaba estos vínculos ciegos de su marido.
El agua, el agua natural, ¿podía, por arte de magia, convertirse en vino, separarse de su naturaleza y adoptar otra naturaleza a su capricho? De eso nada, Will sabía que eso no era verdad.