El arco iris

El arco iris

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Anna volvía a ser la niña vibrante y hostil, aborrecible, que llevaba las cosas a la destrucción. Will se quedaba mudo y muerto. Su propio ser le revelaba el engaño. Sabía que era cierto: el vino era vino, el agua era agua, eternamente; el agua no se había transformado en vino. El milagro no era un hecho real. Tenía la sensación de que Anna lo estaba destruyendo. Se iba de casa, abatido y destrozado, sangrando por el alma. Notaba el sabor de la muerte. Porque su vida se fundaba en estos conceptos que nunca había cuestionado.

Anna, desconsolada una vez más como cuando era niña, se retiraba a llorar. Le daba lo mismo, le daba lo mismo que el agua se hubiera convertido en vino o no. ¿Por qué no le dejaba creerlo, si él quería? Sin embargo, sabía que había ganado. Y una desolación gris como las cenizas se apoderaba de ella.

Pasaba una temporada triste y gris. Después, la vida comenzaba a regresar. Will no era nada si no lo incitaban. Volvió a pensar en el capítulo de san Juan. Sintió una puñalada dolorosa: «Mas tú has reservado el buen vino hasta ahora». «¡El mejor vino!» Y su corazón respondió con anhelo, triunfante, aun cuando la certeza de la mentira le roía el corazón como una rata. ¿Qué era más fuerte: el dolor de la negación o el deseo de afirmación? Will tenía un espíritu terco, y obedeció a su deseo. De todos modos, nunca más volvería a afirmar que los milagros eran ciertos.


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