El arco iris
El arco iris Will Brangwen se sentó. Detectaba algo raro en el ambiente. TenÃa el ceño fruncido, pero sus ojos conservaban su mirada incisiva, intensa y penetrante, como si solo alcanzara a ver a lo lejos, un rasgo que le daba hermosura y que tanto molestaba a Anna.
«¿Por qué me niega siempre? –se preguntó–. ¿Por qué no soy nada para él?»
Y Tom Brangwen, con los ojos azules y el ánimo caldeado, se sentó enfrente de su sobrino.
–¿Cuánto tiempo piensas quedarte? –preguntó el joven a su mujer.
–No mucho –dijo ella.
–Toma un té, muchacho –dijo Tom Brangwen–. ¿Es que quieres irte nada más llegar?
Hablaron de cosas triviales. El sol entraba a raudales por la puerta abierta, reflejándose en el suelo. Una gallina gris se acercó muy deprisa por el pasillo, picoteando, con la luz reflejada en la cresta y el buche, que lanzaban una llama dorada aquà y allá mientras el ave correteaba, como un fantasma gris.
Anna le lanzó unos trozos de pan, y una llamarada infantil ardió en su pecho. Tuvo la sensación de que de pronto regresaban a su memoria recuerdos olvidados, ardientes, lejanos.
–¿Dónde nacÃ, madre? –preguntó.
–En Londres.