El arco iris
El arco iris –SÃ, seguirán pelándose, son muy tercas esas gorritas azules –asintió Will, contento, como siempre que ella lo miraba con aquel resplandor de otro mundo. Se acercó a su mujer y se fijó en las marcas que habÃan dejado los pájaros en la nieve al resbalar, en los tejos cargados de nieve, con las ramas blancas y negras. ¿Qué atractivo tenÃa para él, qué pregunta formulaba la cara radiante de Anna, cuál era el desafÃo al que debÃa responder? No lo sabÃa. Sin embargo, era consciente de su responsabilidad, y esto le agradaba, aunque también le preocupaba, como si tuviera que apagar su propia luz. Y seguÃa paralizado.
Anna querÃa mucho a su hija, la querÃa muchÃsimo. Sin embargo, no llegaba a encontrarse plenamente satisfecha. SentÃa una leve expectación, como una puerta entornada. Ahà estaba, segura y tranquila en Cossethay. Y, al mismo tiempo, le parecÃa que en absoluto estuviera en Cossethay. Forzaba la vista, buscando algo remoto. Y ¿qué alcanzaba a ver desde su monte Pisgah[6], tras haberlo conquistado? Un horizonte resplandeciente y tenue, muy lejano, y un arco iris como un pórtico, una puerta en la sombra, con un remate tenuemente coloreado. ¿TenÃa que acercarse hasta allÃ?
Algo le faltaba, algo no entendÃa, no lograba alcanzarlo. HabÃa algo más allá de ella. Ahora bien, ¿por qué tenÃa que emprender este viaje? Se sentÃa completamente segura en su monte Pisgah.