El arco iris
El arco iris Aprendió a aceptar estas cosas, a someterse a las atroces fuentes arrasadas de las que manaba su tejido vital. ¡No era lo que creía! Entonces, era lo que era, desconocido, poderoso y oscuro.
Se acostumbró a la niña, aprendió a cogerla en brazos y acunarla. La pequeña tenía una cabecita preciosa y redondeada que emocionaba a Will profundamente. Estaba dispuesto a pelear hasta la última gota de sangre por aquella cabeza exquisita, perfectamente redonda.
Aprendió a conocer las manos y los pies diminutos, los extraños ojos dorados, que no veían, la boca que se abría únicamente para llorar, para mamar o para mostrar una extraña sonrisa, sin dientes. Casi llegó a entender la laxitud de las piernecitas, que al principio le inspiraban cierta aversión. Aquellas piernas tenían una curiosa manera de patalear, tenían su propia ternura.