El arco iris

El arco iris

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Una tarde, de repente, vio a esta cosita diminuta y viva, retozando desnuda en las rodillas de su madre, y se puso malo: le pareció completamente indefensa, desamparada y sola; en un mundo de superficies duras y altitudes diversas, estaría desvalida y desnuda en cualquier parte. De todos modos era una niña risueña. En su llanto ciego, aterrador, no se detectaba el terror ciego y lejano de su indefensa desnudez, el terror de estar completamente abandonada y desvalida en todas partes. Will no soportaba oír su llanto. Se le encogía el corazón y se ponía en guardia frente al universo entero.

No obstante, esperó a que pasara el temor de aquellos días: veía venir la alegría. Veía la orejita preciosa, tierna y fresca de su hija, un mechón de pelo oscuro bruñido como una pelusa de bronce, como polvo de bronce. Y esperó a que la niña fuera suya, a que lo mirase y le respondiera.

Aunque tenía un ser independiente, la niña era su hija. La carne y la sangre de Will vibraban en su presencia. Acercaba a la pequeña a su pecho, con su risa apasionada y estridente. Y ella lo conocía.

Cuando aquellos ojos recién abiertos, recién amanecidos, lo miraban, Will quería que lo percibieran, que lo reconocieran. Entonces se sentía confirmado. La niña lo conocía, y esbozaba para su padre la mueca de una extraña carcajada. Él la acercaba a su pecho y prorrumpía en una carcajada triunfal.


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