El arco iris
El arco iris Así seguían unidos en una oscuridad pasional, electrizante, que rondaba eternamente a espaldas del día común, nunca a la luz. A la luz, Will parecía dormido, inconsciente. Anna lo conocía únicamente cuando él se liberaba de la oscuridad y sus ojos dorados y brillantes por fin lograban ver sus intenciones y deseos ocultos. Entonces, se quedaba hechizada, entonces respondía a su llamada penetrante y áspera con un leve estremecimiento en el alma, la oscuridad la despertaba, eléctrica, la envolvía en una sensación desconocida y abrumadora.
A estas alturas se conocían bien: ella era el día, la luz del día, él la sombra, apartada aunque poderosa en la oscuridad y rebosante de una voluptuosidad arrasadora.
Anna aprendió a no temerlo y a no odiarlo, a colmarse de él, a entregarse a su negro poder sensual, que a lo largo del día estaba oculto. Y aquella curiosa manera de mover los ojos, como si cayera en trance, privada de su conciencia ordinaria, se volvió característica en ella cuando se sentía amenazada o confrontada por algo en la vida, en la vida consciente.
Así continuaron, separados a la luz y casados en la densa oscuridad. Él consentía que ella ejerciera la autoridad durante el día, la respetaba por fin inquebrantablemente. Y ella, en la oscuridad, le pertenecía, a su familiaridad íntima, insinuante, hipnótica.