El arco iris
El arco iris La actividad diaria de Will, su vida pública, eran una especie de sueño. Anna quería ser libre, pertenecer al día. Y él evitaba el día entregándose a su trabajo. Después del té, se iba al cobertizo con sus tareas de carpintería o de talla. Estaba restaurando el púlpito parcheado y deteriorado, devolviéndole su forma original.
Le encantaba, sin embargo, tener cerca a su hija, jugando a sus pies. Ursula era un fragmento de luz que en verdad le pertenecía, que jugaba con su oscuridad. Dejaba la puerta del cobertizo entornada. Y, cuando, con un sexto sentido, detectaba una presencia, sabía que era la niña y se sentía satisfecho, se sentía en paz. Cuando estaba a solas con ella, no quería fijarse en nada, no quería hablar. Quería vivir lejos del pensamiento, con la presencia de la niña revoloteando alrededor.
Siempre estaba callado. La niña empujaba la puerta y lo veía trabajando a la luz de la lámpara, remangado. La ropa le colgaba de cualquier manera, como un mero envoltorio. Por debajo de este envoltorio, el cuerpo de Will estaba concentrado, tenía una fuerza flexible y poderosa, enteramente propia, aislada. Desde muy pequeña, Ursula recordaba el antebrazo de su padre, cubierto de vello fino y negro, y su flexibilidad eléctrica mientras trabajaba en el banco con movimientos rápidos, imperceptibles, siempre emboscado en una especie de silencio.