El arco iris

El arco iris

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A veces, su madre iba a buscarla. Y la niña se enfadaba. No soportaba la autoridad superficial de su madre. Quería afirmar su independencia.

Su padre, sin embargo, le daba de vez en cuando unos sustos de lo más crueles. La dejaba corretear por la iglesia, husmear entre los taburetes, los libros de salmos y los cojines, como una abeja entre las flores, mientras resonaba el eco del órgano. Pasaron así unas semanas. Hasta que un día, la mujer de la limpieza se hartó y se atrevió a plantar cara a Brangwen, lanzándose contra él como una arpía. Will se encogió, y le entraron ganas de romper el pescuezo de la bestia.

En vez de esto, volvió a casa, hecho una furia, y la pagó con Ursula.

–¿Qué te pasa, mico inaguantable, es que no puedes estar en la iglesia sin destrozarlo todo?

Tenía una voz rasposa y felina, y no veía a la niña. Ursula se escabulló con miedo y angustia infantil. ¿Qué era aquello, qué cosa tan espeluznante era?

Su madre se puso de parte de la niña, con su actitud serena, casi majestuosa.

–¿Qué ha hecho?

–¿Que qué ha hecho? No volverá a entrar en la iglesia a revolverlo, tirarlo y destrozarlo todo.

Anna movió los ojos despacio y bajó los párpados.

–¿Qué ha destrozado?


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