El arco iris
El arco iris La niña correteaba por todas partes, absorta en la vida, tranquila, entretenida. No se fijaba ni en las cosas ni en los cambios ni en las alteraciones. Un día encontraba margaritas entre la hierba, otro día las flores del manzano rociaban la tierra de blanco, y Ursula correteaba entre ellas, de puro placer. Otro día los pájaros picoteaban las cerezas y su padre las sacudía del árbol y las esparcía por todo el jardín, alrededor de la niña. Más tarde, los campos se cubrían de heno.
Ursula no se acordaba de lo que había pasado ni sabía lo que pasaría a continuación, las cosas externas estaban en su sitio todos los días. Ella siempre era la misma, el mundo exterior era accidental. Incluso su madre era para ella accidental: una condición que tenía que soportar.
Únicamente su padre ocupaba una posición permanente en su conciencia infantil. Cuando Will volvía a casa, Ursula recordaba vagamente cómo se había marchado: cuando se iba, sabía vagamente que tenía que esperar a que regresara. Sin embargo, cuando Anna volvía de hacer algún recado, para Ursula simplemente aparecía, no había ningún motivo para relacionarla con una partida previa.