El arco iris

El arco iris

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Jamás se arrepentía de sus actos, jamás perdonaba a quienes la hacían sentirse culpable. Si su padre le decía: «Ursula, ¿por qué has pisoteado el semillero que tanto trabajo me ha dado?», se sentía herida en lo más vivo y habría hecho cualquier cosa por él. Pero vivía continuamente atormentada por la irrealidad del mundo exterior. La tierra era para pisar. ¿Por qué no podía pisar una zona en concreto? ¿Solo porque se llamaba el semillero? Era tierra para pisar. Así razonaba instintivamente. Y, si su padre la regañaba, se endurecía, cortaba todos sus vínculos, vivía en el pequeño universo aislado de su violenta voluntad.

A medida que Ursula cumplía años, cinco, seis, siete, el vínculo que la unía a su padre se iba fortaleciendo. De todos modos, se tensaba continuamente y podía romperse en cualquier momento. Y ella se refugiaba continuamente en la violenta voluntad del universo aislado de su ser. Brangwen rechinaba los dientes de rabia, porque seguía queriéndola. Ella, sin embargo, consiguió endurecerse en el universo de su propio ser, impenetrable.





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