El arco iris

El arco iris

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A Brangwen le gustaba mucho nadar y, cuando hacía calor, llevaba a Ursula a bañarse en el canal, a un sitio tranquilo, o a un estanque o un lago. Nadaba con la niña en la espalda, y ella se sujetaba con fuerza, notando la potencia del movimiento, tan potente como si pudiera levantar el mundo entero. Más tarde, Will le enseñó a nadar.

Ursula era una niña temeraria cuando su padre la retaba. Y Brangwen tenía un extraño afán por asustarla, para ver cómo reaccionaba. Le preguntaba si se atrevía a saltar desde el puente del canal, subida a su espalda.

Sí, se atrevía. A él le encantaba sentir a la niña desnuda, abrazada a sus hombros. Sus voluntades se enzarzaban en un combate singular. Will subía al parapeto del puente. El agua estaba muy abajo. Sin embargo, la voluntad de la niña se imponía a la del padre. Se clavaba a él.

Will saltaba, con la niña a cuestas. El choque con el agua golpeaba el cuerpo menudo de Ursula, con una especie de inconsciencia. Pero ella no se inmutaba. Y, cuando salían a la superficie, cuando se acercaban a la orilla, cuando se sentaban en la hierba, su padre se reía y decía que lo había hecho muy bien. Y ella lo miraba muda de asombro, con las pupilas dilatadas, oscuramente asombrada por la impresión, pero reservada e insondable, y él se reía casi con un sollozo.


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