El arco iris
El arco iris –Nos vemos luego –dijo la chica de Will a su amiga.
–¿Dónde?
–Ya lo sabes, Gertie.
–Muy bien, Jennie.
La amiga desapareció en la oscuridad. Will fue con su chica al salón de té. Hablaron sin parar. Will construía sus frases con el placer puro, casi muscular, de ejercitarse. No apartaba sus ojos de ella, reconociéndola, apreciándola, descubriéndola, gratificándose con ella. Le encontraba diversos encantos: las cejas, con una curva muy singular, le causaban un vivo placer estético. A continuación se fijó en sus ojos brillantes y cristalinos, como una lámina de agua, y creyó conocerlos. Y ahí seguía la boca abierta, expuesta, roja y vulnerable, que Will, de momento, se reservaba para más adelante. La observaba sin tregua, evaluando y considerando con placer su joven ternura. La muchacha en sí, quién fuera o qué fuera, le traía sin cuidado, era completamente ajeno a su condición humana. La joven era exclusivamente el objeto sensual de su atención.
–¿Vamos, entonces? –dijo.
Ella se levantó en silencio, como si actuara sin pensar, con una reacción meramente física. Parecía que Will la atrapaba con su voluntad. Fuera, seguía lloviendo.