El arco iris

El arco iris

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Se adentraron por calles oscuras. Will cubría a su acompañante con el paraguas y la abrazaba del talle. Ella andaba como si estuviera inconsciente. Poco a poco, mientras paseaban, él la fue acercando al movimiento de su costado y su cadera. La joven se acoplaba de maravilla. Era estupendo, pasear acoplado con ella. Will sentía una conciencia exquisita de su musculatura. La mano con que agarraba a la muchacha del talle apreciaba su curva, y le parecía a Will una creación nueva, una realidad, un absoluto, la belleza del absoluto viva y tangible. Era como una estrella. Todo su ser estaba absorto en el deleite sensual de esta pequeña y firme curvatura del cuerpo de la joven, que él iluminaba con su mano y con todo su ser.

La llevó al parque, donde la oscuridad era casi total. Vio un rincón entre dos paredes, debajo de una mata de yedra colgante.

–Vamos a quedarnos aquí un momento –dijo.

Cerró el paraguas y siguió a la muchacha hasta el rincón, apartándose de la lluvia. No necesitaba ojos para ver. Quería conocer exclusivamente a través del tacto. La mujer era un trozo de oscuridad palpable. Se encontró con ella en la oscuridad, la abrazó y posó sus manos en aquel cuerpo. Ella estaba inescrutable y callada. Pero Will no quería saber nada de ella, solamente quería descubrirla. Y ¡qué belleza tan absoluta palpaba a través de la ropa!


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