El arco iris
El arco iris –QuÃtate el sombrero –dijo.
En silencio, obediente, ella se quitó el sombrero y se entregó de nuevo a los brazos del hombre. A Will le gustaba aquella muchacha… Le gustaba su roce… QuerÃa conocerla más Ãntimamente. Dejó que sus dedos buscaran sutilmente la mejilla y el cuello de la mujer. ¡Qué belleza y qué placer tan prodigiosos, en la oscuridad! Sus dedos habÃan acariciado infinidad de veces la cara y el cuello de Anna de la misma manera. ¡Qué curioso! Era un hombre el que tocaba a Anna y otro hombre el que ahora tocaba a esta muchacha. Le gustaba más su nuevo yo. Se habÃa abandonado enteramente al conocimiento sensual de la mujer, y sentÃa en todo momento que tocaba la belleza absoluta, inalcanzable para el conocimiento.
Maravilladas y exultantes por sus hallazgos, las manos de Will estrechaban el cuerpo de la mujer con infinita sutileza, la llamaban, la buscaban con un deseo tan exquisito que también ella estaba casi diluida en el absoluto del conocimiento sensual. Con inmenso placer sensual, la joven dobló las rodillas, los muslos, sus entrañas se fundieron. Y esto fue para Will un elemento de belleza adicional.