El arco iris
El arco iris Una voluptuosidad desmedida fundió las venas de Will. Por un momento casi perdió el control y siguió actuando mecánicamente. Sin embargo, hubo un segundo de interrupción, una pausa fría. No iba a tomarla. La acercó a él para tranquilizarla y acariciarla. Pero el placer puro se había esfumado. La mujer luchaba consigo misma y comprendió que él no iba a tomarla. Y entonces, en el último instante, cuando Will había vuelto a acercarse con sus caricias, despreciando a la mujer con un deseo vivo y ardiente, a pesar de su frío deseo sensual, ella se separó violentamente.
–No –gritó, esta vez con aspereza, con repulsión, y le asestó un bofetón–. Déjame en paz.
La sangre de Will se paralizó unos momentos. Después, volvió a sonreír interiormente, firme, cruel.
–Pero ¿qué te pasa? –preguntó con suave ironía–. Nadie va a hacerte daño.
–Ya sé lo que quieres de mí –contestó la joven.
–Yo también sé lo que quiero –dijo él–. ¿Qué probabilidades tengo?
–Conmigo no lo vas a conseguir.
–¿Ah, no? Pues entonces, nada. No vale la pena llorar, ¿verdad?
–No –contestó ella, muy desconcertada por la ironía de Brangwen.