El arco iris
El arco iris –No hay necesidad de que nos enfademos. Podemos despedirnos igualmente con un beso de buenas noches, ¿no?
Ella estaba callada, en la oscuridad.
–O ¿quieres tu sombrero y tu paraguas para volver a casa ahora mismo?
Pero ella seguÃa callada. Will observaba su silueta oscura, en el lÃmite de la tenue oscuridad, y esperaba.
–Ven a darme las buenas noches como es debido, si es que vamos a dárnoslas –dijo.
Pero la joven no se movÃa. Will extendió la mano para atraerla de nuevo a la oscuridad.
–Aquà hace menos frÃo –dijo–. Es mucho más acogedor.
Su deseo no habÃa claudicado. El momento de odio habÃa sido estimulante para él.
–Me voy ya –murmuró ella, cuando él la cogió de la mano.
–Mira lo bien que estás aquà –dijo él, acercándola a la posición de antes, pegada a su cuerpo–. ¿Por qué quieres marcharte?
Y la embriaguez lo invadió gradualmente una vez más, la pasión regresaba. A fin de cuentas, ¿por qué no podÃa tomarla?
Sin embargo, la mujer no acababa de ceder.
–¿Estás casado? –preguntó entonces.