El arco iris

El arco iris

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Fue más tarde cuando Ursula, mientras correteaba por el jardín entre las matas de grosella, vio a su tío Tom vestido de negro, erguido y elegante, pero con los puños levantados, la cara desencajada, los labios contraídos en una mueca atroz, como un animal torturado, jadeando entrecortadamente, como jadea un perro. Miraba al horizonte abierto, jadeante, se quedaba muy quieto y otra vez volvía a jadear, sin abandonar en ningún momento su expresión de tortura casi bestial, enseñando los dientes, la nariz fruncida, los ojos cegados, sin pestañear.

Ursula se escabulló, aterrorizada. Y, cuando su tío Tom entró en casa, serio y tan callado que su seriedad parecía casi fingida, simulando dolor, la niña observó sus facciones serenas y atractivas y volvió a imaginar su rostro desencajado. Se fijó en que tenía la nariz muy ancha, muy rusa, la piel transparente, recordó que los dientes, por debajo del bigote impecable, eran pequeños, afilados y separados. Lo veía bestial, a pesar de sus modales elegantes, casi depravado. Y estaba asustada. A raíz de esto, nunca se olvidaba de buscar el lado bestial y aterrador de su tío.

Tom dijo «adiós» a su madre y se marchó inmediatamente. Ursula casi tenía miedo de que la besara. Sin embargo, deseaba aquel beso, y también la leve repugnancia.


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