El arco iris
El arco iris Deambulaba por el jardín, con su chaquetita de lana. A menudo salía en el calesín y, sentada al lado de su hijo, contemplaba los campos o las calles del pueblo con una expresión infantil, inocente, asombrada, como si todo fuera extraño para ella.
Las niñas, Ursula, Gudrun y Theresa, pasaban por delante de la granja camino de la escuela. La abuela las llamaba para que entrasen siempre que las veía, les pedía que fueran a cenar con ella. Quería tenerlas cerca.
De sus hijos, casi tenía miedo. Detectaba en ellos la sombra de la pasión, el deseo y el descontento, y no quería volver a ver ninguna de estas cosas. Incluso Fred, con sus ojos azules y su mandíbula prominente, la molestaba. No había paz. Fred quería algo, quería amor, pasión, y no lo encontraba. Pero ¿por qué tenía que molestarla? ¿Por qué se acercaba a ella con su furia, su sufrimiento y sus insatisfacciones? Ella era demasiado mayor.
Tom se mostraba más comedido, reservado. Su cuerpo siempre estaba muy quieto. Sin embargo, inquietaba aún más a la señora Brangwen. En los ojos de Tom, ella veía exclusivamente los abismos negros de su desintegración, y aquellos ojos la miraban de repente, como si ella pudiera salvarlo, como si quisieran revelarle sus secretos.