El arco iris
El arco iris Y ¿cómo podía la vejez salvar a la juventud? La juventud debía buscar la juventud. ¡Siempre la tormenta! ¿Por qué no podía pasar en paz estos años, en la quietud, apartada de la vida? No, el oleaje siempre la golpeaba hasta destrozarla contra las barreras. Siempre se veía atrapada en el hervidero de la rabia y la pasión, interminablemente, interminablemente, eternamente. Y quería alejarse. Quería por fin su inocencia y su paz. No quería que sus hijos continuaran imponiéndole la misma historia brutal de deseo y ofrendas, de rabia de los hombres insatisfechos contra las mujeres, oculta en lo más profundo. Quería estar lejos de todo esto, conocer la paz y la inocencia de los años.
Nunca había sido una mujer muy activa. Ahora pasaba muchos ratos en la cancela del jardín, viendo discurrir el parco mundo. Y le gustaba ver a las niñas, la hacía feliz. Siempre llevaba una manzana o unos caramelos en el bolsillo. Le gustaba que las niñas le sonrieran.
Nunca fue a visitar la tumba de su marido. Hablaba de él con sencillez, como si siguiera vivo. A veces, sus mejillas se llenaban de lágrimas, vencida por la tristeza. Después se recuperaba y volvía a ser la misma de siempre, feliz.