El arco iris

El arco iris

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–Ah, ¿eres tú? –decía–. Ya sabía yo que vendrías. ¡Madre mía, qué ramillete tan precioso traes!

Era curioso cómo Tilly conservaba en la granja el espíritu de Tom Brangwen, que estaba muerto. Ursula siempre la relacionaba con su abuelo.

Aquel día la niña había traído un ramillete de clavelinas, blancas, rodeadas de clavelinas rosas. Estaba muy orgullosa, y muy cohibida por su orgullo.

–Tu abuela está en la cama. Límpiate bien los zapatos si vas a subir, y no entres como un torbellino. Pero ¡qué ramillete tan bonito! ¿Lo has hecho tú sola?

Tilly la acompañó a hurtadillas hasta el dormitorio. La niña entró con esa extraña y característica vacilación que había en sus movimientos. Su abuela estaba sentada en la cama, con una chaqueta de lana gris.

Ursula se quedó en silencio, dubitativa, cerca de la cama, con su ramillete en la mano. Sus ojos de niña estaban radiantes. En los ojos grises de su abuela había un brillo similar.

–¡Qué bonito! –dijo su abuela–. ¡Qué bonito te ha quedado! ¡Qué preciosidad de ramillete!

Ursula, resplandeciente, le dio las flores, diciendo:

–Lo he hecho para ti.


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