El arco iris

El arco iris

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–Así los hacían las campesinas en casa –dijo la abuela, acariciando las clavelinas con los dedos y oliéndolas a continuación–. ¡Ramilletes pequeñitos! Y hacían coronas para lucirlas en el pelo, entretejiendo los tallos. Luego se ponían las coronas en la cabeza y se vestían con sus mejores mandiles.

Ursula se imaginó al instante en ese país de cuento de hadas.

–¿Tú también te ponías una corona en la cabeza, abuela?

–De pequeña tenía el pelo dorado, como el de Katie. Entonces me ponía una corona de florecillas azules, ah, tan azules, de esas que salen cuando se funde la nieve. Andrey, el cochero, me traía las primeras.

Hablaban un rato y Tilly traía luego la bandeja del té preparada para dos. Ursula tenía una taza especial para ella en la granja, verde y dorada. Tilly había preparado tostadas con mantequilla y té de berros. Todo era maravilloso y especial. Ursula se tomaba las tostadas con mucha delicadeza y mucho cuidado, a mordisquitos.

–¿Por qué llevas dos alianzas, abuela? ¿Tienes que llevarlas? –preguntaba la niña, fijándose en las manos marfileñas, cubiertas de venas azules, posadas en la bandeja.

–Porque he tenido dos maridos, hija.

Ursula se quedó pensativa unos momentos.


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