El arco iris
El arco iris Y, pensando, volvió a ser la joven recién casada con Lensky. Él era de buena familia, de mejor familia que ella, que era mitad alemana. Lydia se había criado en un hogar de incierta fortuna. Y Lensky, un intelectual, un inteligente médico y cirujano, la había querido. ¡Cómo lo miraba ella! Recordaba que se sentía transportada las primeras veces que él le dirigió la palabra: el joven importante de barba negra y severa. Parecía maravilloso, toda una autoridad. A diferencia de su propia familia, poco estricta, la gravedad y la confianza de Lensky, su firme autoridad, eran para Lydia casi divinas. Y es que ella nunca había conocido a nadie como él, había vivido siempre en un entorno relajado, desordenado y laxo, en un maremágnum.
–Señorita Lydia, ¿quiere casarse conmigo? –le había dicho, en alemán, con su voz grave, aunque trémula. Ella se asustó de sus ojos oscuros, que no la veían, que la miraban sin pestañear. Y él se mostró firme, confiado. Lydia estaba entusiasmada, ilusionada, y aceptó. Durante el noviazgo, los besos de Lensky eran un milagro para Lydia. Siempre los recordaba y se maravillaba. Ella nunca quería besarlo. Según sus creencias, el hombre besaba y la mujer examinaba dentro del alma los besos que había recibido.