El arco iris

El arco iris

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Cuando hacía mal tiempo, la casa era una locura. Los niños no paraban de entrar y salir, se metían en los charcos debajo de los lúgubres tejos, mojaban las baldosas de piedra de la cocina y la criada refunfuñaba y los reñía. Había un enjambre de niños en el sofá, de niños aporreando el piano en la sala de estar, como si la casa fuera una colmena, de niños revolcándose en la alfombra de la chimenea, pataleando, rompiendo un libro entre dos, de niños endemoniados, ubicuos, que subían a hurtadillas las escaleras para ver dónde estaba su Ursula, que cuchicheaban en las puertas de los dormitorios, se colgaban de los cerrojos y llamaban con voz misteriosa: «¡Ursula! ¡Ursula!», a la niña que se había encerrado a leer. Era imposible. La puerta cerrada estimulaba la sensación de misterio de sus hermanos, y Ursula tenía que abrir para disipar el hechizo. Entonces, todos se colgaban de ella, con los ojos muy abiertos y un montón de preguntas.

La madre se sentía boyante con tanto revuelo.

–Mejor que hagan ruido a que estén enfermos, decía.

Pero las hermanas mayores sufrían amargamente. Ursula entró en escena cuando Andersen y los hermanos Grimm empezaban a dejar paso a los Idilios del rey[9] y las novelas románticas.

Elaine la hermosa, Elaine la adorable,

Elaine el lirio de Astolat,


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