El arco iris

El arco iris

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encerrada en su cámara de la torre oriental,

custodiaba el escudo sagrado de Lancelot.

¡Cuánto le gustaba a Ursula! Se acercaba a la ventana de su dormitorio, con el pelo negro y encrespado sobre los hombros y una expresión de embeleso en su rostro cálido, y dirigía la mirada más allá del cementerio y la pequeña iglesia, que era un castillo con sus almenas, al que Lancelot se acercaba cabalgando en ese preciso instante, la saludaba con la mano, y Ursula veía pasar su capa escarlata por detrás de los tejos oscuros y atravesar el espacio abierto, mientras ella, ¡ah, ella!, seguía siendo la doncella solitaria aislada en la torre que bruñía el terrible escudo, que tejía para éste una funda con auténtica maestría y esperaba, esperaba, siempre remota, en las alturas.

En ese momento se oyeron pasos ligeros en las escaleras, un suspiro agudo al otro lado de la puerta, y un chasquido del cerrojo, y Billy, muy excitado, susurró:

–Está cerrado… Está cerrado.

Entonces llamaron a la puerta, unas rodillas infantiles patearon la puerta, y una voz infantil, urgente, dijo:

–Ursula… ¿Nuestra Ursula? Eh, ¿nuestra Ursula?

No hubo respuesta.

–¡Ursula! Eh, ¿nuestra Ursula? –gritaban su nombre.


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