El arco iris

El arco iris

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Daba igual, se teñiría el pelo cuando fuera mayor, o se lo aclararía con el sol, hasta que se volviera rubio. Entretanto se ponía una cofia blanca de encaje veneciano.

Correteaba en silencio por las terrazas, donde las lagartijas retozaban al sol como piedras preciosas y no se movían cuando la sombra de Ursula caía sobre ellas. En la máxima quietud, oía el tintineo de la fuente y aspiraba la fragancia de las rosas con sus opulentas cabezas colgantes, inmóviles. Así se dejaba llevar por los nostálgicos pies de la belleza, más allá del estanque y de los cisnes, hasta los nobles jardines, donde, bajo las ramas de un imponente roble, descansaba una cierva de pelaje moteado con sus cuatro hermosas patas recogidas, y su cervatillo del color del sol acurrucado a su lado.

Y esta cierva era su amiga. La cierva le hablaba, porque tenía poderes mágicos, le contaba historias, como si le hablara la luz del sol.

Un día se olvidó de echar el pestillo a la puerta de la sala parroquial, porque siempre estaba distraída y no prestaba atención. Los niños la encontraron. Katie se cortó un dedo y empezó a berrear, mientras Billy destrozaba las preciosas tallas de madera haciendo muescas con un cincel. Se armó un escándalo de aúpa.


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