El arco iris
El arco iris A su madre pronto se le pasó el enfado. Ursula volvió a encerrarse en la sala parroquial y creyó que todo había pasado. Al cabo de un rato apareció su padre con las herramientas melladas y el ceño fruncido.
–¿Quién narices ha abierto la puerta? –gritó, iracundo.
–Ha sido Ursula –dijo su madre.
Su padre llevaba un trapo en la mano. Dio media vuelta y le cruzó la cara con la tela. Ursula notó que le ardía la piel y se quedó un momento aturdida. Luego se quedó muy quieta, con el gesto contraído y terco. Pero su corazón estaba en llamas. En contra de su voluntad, las lágrimas empezaron a agolparse, se agolparon en contra de su voluntad.
En contra de su voluntad, se le desencajó la cara, hizo una extraña mueca para tragar, pero no pudo aguantar las lágrimas. Y se fue, desconsolada. Pero su corazón estaba en llamas, furioso, y no se aplacaba. Will Brangwen observó alejarse a su hija y sintió un dolor agradable, una sensación de triunfo y de poder al alcance de la mano, inmediatamente seguido de una profunda lástima.
–No era necesario… Cruzarle la cara a la niña –dijo su madre con frialdad.
–Un aletazo con un trapo no creo que le haga daño –contestó él.
–Ni tampoco le hará ningún bien.