El arco iris

El arco iris

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Ahora, Ursula se encontraba bastante segura en el colegio. Sabía cuál era su sitio y qué parte de sí misma debía guardar. Aun así, solo era libre los domingos. A los catorce años, empezó a notar un creciente rencor contra ella en su propia casa. Sabía que su presencia era un incordio. De todos modos, los domingos era libre, libre de verdad, libre para ser ella misma, sin miedo ni recelo.

Incluso en los peores momentos, el domingo era un día sagrado. Se despertaba con una inmensa sensación de alivio. No entendía por qué había en su corazón tanta ligereza. Entonces se acordaba: era domingo. Parecía que todo estallaba de contento a su alrededor, experimentaba una libertad inmensa. El mundo entero quedaba abolido por espacio de veinticuatro horas, apartado. No existía nada más que el mundo del domingo.

Le encantaba incluso el alboroto de la casa. Sus hermanos dormían, con suerte, hasta las siete. Normalmente, poco después de las seis, se oía el gorjeo de un pájaro, una voz, un canto ilusionado, anunciaba la creación de un nuevo día, resonaba un tableteo de pies pequeños y rápidos, y los niños se levantaban y llenaban la casa, correteando en camisón, con las piernas sonrosadas y brillantes, la piel limpia y reluciente después del baño del sábado por la noche, el espíritu enaltecido por la higiene corporal.


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