El arco iris

El arco iris

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Cuando la casa empezaba a bullir de niños impetuosos, de niños medio desnudos y limpios, uno de los padres se levantaba, bien la madre, indolente y tranquila, con el pelo denso y oscuro recogido en un moño deslavazado, con un mechón caído por encima de una oreja, o el padre, cálido y cómodo, con el pelo negro alborotado y el cuello de la camisa sin abrochar.

Entonces, las niñas, que seguían arriba, oían un continuo:

–Pero, bueno, Billy, ¿qué estás haciendo? –en la voz fuerte y vibrante del padre; o la majestuosa réplica de la madre:

–Ya te lo he dicho, Cassie, no te lo voy a consentir.

Era increíble la resonancia que podía llegar a alcanzar la voz del padre, como un gong, sin alterarse en lo más mínimo, y la manera de hablar de la madre, como una reina en audiencia pública, a pesar de que llevaba la blusa de cualquier manera, y el pelo mal recogido, y a pesar del caos que formaban los niños con sus gritos.

Poco a poco se preparaba el desayuno, y las hermanas mayores bajaban al babel de niños medio desnudos que alborotaban por todas partes como si fueran lo contrario de querubines, según decía Gudrun cuando veía aparecer y desaparecer las piernecitas desnudas y los traseros regordetes.


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