El arco iris

El arco iris

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Poco a poco conseguían capturar a los pequeños y cambiarles por fin los camisones por las camisas limpias del domingo. Pero, antes de que la camisa limpia del domingo hubiera pasado por la cabeza sedosa, el cuerpo desnudo se escabullía para revolcarse en la piel de oveja que ofrecía la alfombra de la sala, mientras la madre iba detrás, protestando vivamente, sosteniendo la camisa como un dogal, mientras la voz de bronce del padre estremecía la casa, y la niña o el niño desnudo que se revolcaba en la piel de oveja anunciaba alegremente:

–Me estoy mañando en el mar, mamá.

–¿Por qué tengo que ir detrás de ti con la camisa? –decía la madre–. Levántate ahora mismo.

–Me estoy mañando en el mar, mamá –repetía el personaje desnudo y retozón.

–Se dice bañar, no mañar –contestaba la madre, con su curiosa e indiferente dignidad–. Te estoy esperando aquí con la camisa.

Por fin las camisas estaban en su sitio, los calcetines emparejados, los pantalones abotonados y las enaguas atadas por detrás. La mayor cobardía de la familia se manifestaba en la cuestión de eludir las ligas.

–¿Dónde están tus ligas, Cassie?

–No lo sé.

–Pues ve a buscarlas.


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