El arco iris

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Pero ninguno de los mayores estaba dispuesto a enfrentarse de verdad a la situación. Cuando Cassie había buscado debajo de todos los muebles y se había puesto negra su ropa limpia del domingo, con infinito pesar de todos, las ligas se olvidaban para lavar una vez más la cara y las manos de la niña.

Más tarde, Ursula se indignaba cuando veía a la señorita Cassie entrar en la iglesia, después de la catequesis, con una media caída alrededor del tobillo y una rodilla sucia.

–¡Es una vergüenza! –protestaba Ursula a la hora de comer–. Van a pensar que somos unos cerdos y que los niños nunca se lavan.

–Lo que piensen los demás no tiene importancia –contestaba la madre, majestuosa–. Yo sé que la niña se ha bañado como es debido, y si a mí me basta a todo el mundo debería bastarle. No puede evitar que se le caigan las medias si no lleva las ligas, y no es culpa de la niña que la hayan dejado salir sin una liga.

El problema de las ligas continuó en mayor o menor medida, sin resolverse hasta que todos empezaron a llevar falda o pantalones largos.


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