El arco iris
El arco iris Este dÃa de decoro, la familia Brangwen iba a la iglesia por la carretera principal, rodeando el seto del jardÃn, en lugar de saltar el muro del cementerio. No era una ley impuesta por los padres. Los propios niños se erigÃan en guardianes de la decencia del sabbat, muy celosos y atentos los unos a los otros.
Con el tiempo resultó que, después de ir a la iglesia, la casa se convertÃa en una especie de santuario donde se respiraba paz, como si un ave extraña se posara en las habitaciones. Dentro solo se permitÃa la lectura, la narración de cuentos y otras distracciones tranquilas, como dibujar. Fuera de casa, se podÃa jugar libremente. Si los niños hacÃan ruido, si gritaban o levantaban la voz, se despertaba en el padre y en las hermanas mayores una especie de ferocidad, y los pequeños se tranquilizaban, por miedo a la excomunión.
Los niños respetaban el sabbat de mutuo acuerdo. Si a Ursula, para presumir, le daba por cantar:
Il était un’ bergère
Et ron-ron-ron petit patapon,
Theresa protestaba sin falta:
–Ésa no es una canción de domingo, nuestra Ursula.
–Qué sabrás tú –contestaba Ursula, superior. Sin embargo, dudaba. Y no llegaba a terminar de cantar la canción.