El arco iris
El arco iris Y es que, aunque no lo supiera, el domingo era un dÃa muy preciado para ella. Se encontraba en un lugar extraño, indefinido, en el que su espÃritu podÃa entregarse a sus sueños sin ser cuestionado.
El espÃritu de Cristo, con túnica blanca, pasaba entre los olivos. Era una visión, no era real. Y Ursula participaba del ser visionario. Una voz en la noche, llamaba: «¡Samuel, Samuel!»[11]. Y seguÃa llamando en la noche. Pero no esta noche, ni la noche pasada, sino en la noche insondable del domingo, en el silencio del sabbat.
ExistÃa el Pecado, la serpiente, en quien también residÃa el conocimiento. ExistÃa Judas, con el dinero y el beso.
Pero en la vida real no habÃa pecado. Si Ursula le daba una bofeteada a Theresa, incluso en domingo, eso no era pecado, no era eterno. Era portarse mal. Si Billy hacÃa novillos y no iba a catequesis, era malo, era travieso, pero no era un pecador.
El pecado era absoluto y eterno: la travesura y la maldad eran temporales y relativas. Cuando Billy, que empezaba a aprender la jerga local, llamó a Cassie «pecadora», todo el mundo se enfadó con él. Pero cuando llegaba a la granja Marsh, brincando como un cachorro de perro raposero, lo bautizaban maliciosamente como «Pecador».