El arco iris

El arco iris

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Los Brangwen no aplicaban su religión a sus actos inmediatos. Buscaban en ella lo eterno y lo inmortal, no una lista de normas de comportamiento diario. Por eso eran niños que se portaban mal, testarudos y arrogantes, aunque de sentimientos generosos. Tenían además –cosa intolerable para sus vecinos– un gesto orgulloso que no casaba con la celosa idea del cristiano demócrata. Por eso eran siempre extraordinarios, se salían de lo ordinario.

A Ursula le afectó profundamente su primer contacto con las enseñanzas del Evangelio. La emocionaba especialmente aplicar la salvación a su caso personal. «Jesús murió por mí, sufrió por mí.» Esto la colmaba de orgullo y de emoción, que al instante daban paso a cierto temor. Jesús, con agujeros en las manos y los pies: qué desagradable. El Jesús sombrío de los estigmas: ésa era su propia visión. Pero Jesús, el hombre, que hablaba con los dientes y los labios, que invitaba a la gente a tocar Sus llagas, como un campesino que se regodea en sus heridas, le parecía repulsivo. Era enemiga de quienes insistían en la humanidad de Cristo. Si no era nada más que un hombre, que vivía una vida normal y corriente, a ella no le interesaba.




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