El arco iris
El arco iris Sin embargo, Ursula estaba de parte de su padre. Cuando llegó a la adolescencia, a los trece o los catorce años, se rebeló cada vez más contra la indiferencia práctica de su madre. Ursula percibía algo insensible, casi perverso, en la actitud de su madre. ¿Qué interés tenía Anna Brangwen, en estos años, por Dios o por Jesús o por los ángeles? Vivía en el presente inmediato. Seguía teniendo hijos y estaba desbordada con tanta actividad infantil en la familia. Y sentía un rechazo casi instintivo por la actitud servil de su marido con la Iglesia, por el oscuro anhelo con que se sometía a la veneración de un Dios invisible. ¿Qué importancia tenía el Dios no revelado para un hombre joven, con una familia a la que mantener? Que se ciñera a las preocupaciones inmediatas de su vida, en vez de proyectarse hacia lo sublime.
Pero Ursula era completamente partidaria de lo sublime. Estaba siempre en guerra con los niños y el desorden de la vida doméstica. Jesús era otro mundo para ella. No era de este mundo. No se le ponía delante, señalándose las heridas, y le decía:
–Mira, Ursula Brangwen, esto lo he hecho por ti. Ahora, haz lo que te ordenen.