El arco iris

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Él le pidió una fotografía cuando iba a marcharse. Ursula fue al fotógrafo muy emocionada, con cinco chelines. El resultado fue un retrato insulso y feo, con la boca torcida. Ursula lo examinó con admiración.

Anton únicamente veía el rostro vivo de Ursula. El retrato le hacía daño. Lo guardó, lo recordaba siempre, pero a duras penas soportaba mirarlo. Le dolía en el alma aquel rostro limpio y sin miedo, con un toque de abstracción. Aquella abstracción estaba sin duda muy lejos de él.

Se declaró entonces la guerra con los bóers en Sudáfrica, y todo bullía de excitación. Anton escribió para anunciar que quizá tuviera que ir a África. Y envió con la carta una caja de bombones.

Ursula estaba ligeramente aturdida por la idea de que él tuviese que ir a la guerra, no sabía a qué atenerse. Era una especie de situación romántica, tan familiar para ella en la ficción que en la vida real no alcanzaba a entenderla. Bajo el manto de júbilo había una especie de desencanto lóbrego, profundo y ceniciento.

De todos modos, escondió los bombones debajo de su cama y se los fue comiendo poco a poco, sola, cuando se acostaba y cuando se levantaba. Se sentía muy culpable y avergonzada pero, lisa y llanamente, no quería compartirlos con nadie.


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