El arco iris
El arco iris Aquella caja de bombones se quedaría grabada en su memoria. ¿Por qué los había escondido y se los había comido todos? Y no sabía qué responder. La caja de bombones le parecía extraña, monumental, ahora que estaba vacía. Era una cruz para ella. ¿Cómo entenderlo?
Le inquietaba la idea de la guerra en su conjunto, le inquietaba mucho. Cuando los hombres entraron en combate, tuvo la sensación de que las columnas del universo se agrietaban, de que todo iba a desmoronarse en un pozo sin fondo. Tenía una horrorosa sensación de profundidad sin fondo. Aunque también, claro está, la guerra llevaba acuñada la marca de los amoríos, el honor e incluso la religión. Estaba muy desconcertada.
Skrebensky estaba ocupado, no podía ir a verla. Ursula no le pidió ninguna confirmación, ninguna certeza. Lo que existía entre los dos existía, y ningún reconocimiento iba a alterarlo. Ella lo sabía por instinto, confiaba en la realidad intrínseca.
Aun así, se sentía desesperadamente indefensa. No podía hacer nada. Tenía una vaga idea de las gigantescas fuerzas del mundo que ya empezaban a desplazarse y a colisionar, oscuras, torpes, absurdas, pero colosales, capaces de arrastrarla a una como un montón de polvo. ¡Indefensa, indefensa, girando como el polvo! Y quería rebelarse, enfurecerse, combatir. Pero ¿con qué armas?