El arco iris

El arco iris

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Al día siguiente, Ursula fue a despedirlo a la estación con su tío Tom. Buscaba a Anton con la mirada, pero él seguía igual de extraño y vacío, muy vacío. Estaba muy reservado. Ella pensó que era eso lo que le hacía parecer vacío.

Ursula tenía una expresión muda y pálida que Skrebensky no quería ver. Parecía que hubiera un motivo de vergüenza en la misma raíz de la vida, una vergüenza fría y mortal para Ursula.

Llamaban la atención en el andén: la muchacha con su capa de piel, su estola y su vestido verde olivo, pálida, tensa de juventud, aislada, inflexible; el joven de aire marcial, con el sombrero aplastado, un abrigo de paño grueso y una bufanda púrpura, muy pálido y reservado, su presencia completamente neutra; Tom Brangwen, con un elegante sombrero hongo calado hasta las cejas oscuras, el rostro sereno y una cálida coloración de la tez, evocaba curiosamente una indiferencia pura: era el público eterno, el coro, el espectador del drama; en su propia vida no había drama de ninguna especie.

El tren estaba a punto de partir. A Ursula le dio un vuelco el corazón, pero la capa de hielo que la envolvía era demasiado gruesa.

–Adiós –dijo, levantando la cabeza, con su peculiar risa radiante, casi cegadora. Cuando él se inclinó para besarla, Ursula no entendió qué hacía. Tendría que haberle dado la mano y marcharse sin más.


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