El arco iris

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–Adiós –repitió.

Él cogió su bolsa de mano y le dio la espalda. Había mucho ajetreo en el andén. Ah, aquél era su vagón. Encontró su asiento.

Los dos hombres se estrecharon la mano cuando sonó el silbato, y Tom Brangwen cerró la puerta.

–Adiós… y buena suerte –dijo Brangwen.

–Gracias… Adiós.

El tren empezó a moverse. Skrebensky estaba en la ventanilla, diciendo adiós, pero sin mirar en realidad a las dos figuras, la de la muchacha y la del hombre de tez cálida, de aspecto casi afeminado. Ursula agitaba su pañuelo. El tren cogió velocidad y se empequeñeció poco a poco. Se alejaba en línea recta. La mota blanca se perdió de vista. El furgón de cola se encogió en la distancia. Ursula seguía en el andén, sintiendo un vacío inmenso a su alrededor. Le temblaban los labios, a su pesar: no quería llorar. Su corazón estaba frío y muerto.

Su tío Tom se había acercado a una máquina para comprar cerillas.

–¿Te apetecen unos caramelos? –preguntó, volviéndose a ella.

Con las mejillas llenas de lágrimas, Ursula hacía extrañas muecas con la boca, para dominarse. Pero su corazón no lloraba: estaba frío y terroso.

–¿Cuáles te apetecen? –insistió su tío.


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