El arco iris
El arco iris –Me encantarían unas pastillas de menta –dijo Ursula, con una voz extraña, normal, en contraste con el gesto desencajado. Sin embargo, enseguida recuperó el control y se tranquilizó, se volvió distante.
–Vamos a la ciudad –dijo su tío, y la empujó precipitadamente a un tren. Fueron a tomar café. Mientras contemplaba a la gente que pasaba por la calle, había en el corazón de Ursula una herida inmensa, y en su alma una frialdad imperturbable.
Esta imperturbable frialdad del ánimo se instaló en ella. Era como si una desilusión la hubiese congelado, una incredulidad de hierro. Una parte de ella se había vuelto fría, apática. Era demasiado joven, estaba demasiado desconcertada para entender la situación, incluso para darse cuenta de lo mucho que sufría. Y estaba demasiado herida para someterse.
Pasaba momentos de sufrimiento ciego, en los que amaba a Anton, lo amaba. Pero desde el instante de su partida, Anton se había convertido para Ursula en una visión propia. Volcaba en él todo su tormento, su pasión y su anhelo.
Llevaba un diario, en el que escribía impulsivos pensamientos. Veía la luna en el cielo, se le atenazaba el corazón y se iba a escribir: «Si fuera la luna, sabría dónde caer».