El arco iris

El arco iris

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Ahora, ¡ah!, ahora nadaba en la misma agua que su querida profesora. Movía sus extremidades con voluptuosidad y nadaba, a solas, deliciosamente, aunque con cierto anhelo insatisfecho. Quería tocar a aquella mujer, tocarla, sentirla.

–Te echo una carrera, Ursula –dijo la voz bien modulada de la señorita Inger.

Ursula se sobresaltó violentamente. Volvió la cabeza y vio que la profesora la miraba con gesto franco. Se sintió reconocida. Riendo, con su característica risa sobresaltada, empezó a dar brazadas. Veía la cabeza de la señorita Inger hacia atrás, el brillo del agua en sus hombros blancos, las patadas borrosas de las piernas fuertes. Y nadaba cegada por la pasión. ¡Ah, la belleza de la carne firme, blanca y fresca! ¡Ah, la maravillosa firmeza de las extremidades! ¡Si pudiera sostenerlas, abrazarlas, estrecharlas entre sus pechos menudos! ¡Ah, si no despreciara tanto su cuerpo delgado y moreno, si ella también fuera valiente y capaz!

Siguió nadando con brío, no quería ganar, solo quería estar cerca de su profesora, nadar con ella en una carrera. Se acercaban al final de la piscina, a la parte más profunda. La señorita Inger tocó el borde, giró en redondo y cogió a Ursula de la cintura, en el agua, abrazándola un momento. Los cuerpos se rozaron y se lanzaron un instante el uno contra el otro, antes de separarse.


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